Lamento Montaraz (himno misionero)

Publicado el 13-09-2007 en Cultura, Medio Ambiente, Naturaleza Misionera

Lamento Montaraz

 

Por Thay Morgenstern

Cae el cedro. Cae el timbó. Cae el nido. Cae la flor de lapacho. Cae la fruta. Cae la vida. Todo cae. Me duelen las raíces porque este es mi lugar. Mi viento. Mi sangre. Mi ardor. Mis alas. Yo soy todo esto. Me quieren tumbar para sepultarme vivo bajo el aserrín y las cenizas montaraces aún hirvientes.

Esto es el colmo: tratan de condenarme a vivir desterrado en mi propia tierra, donde día tras días faltan más cosas y sobra demasiado silencio. Aquí mismo quieren dejarme la boca para gritar todo lo que quiera pero con la garganta cortada.

Puedo escuchar en la profundidad de una madrugada harapienta el llanto desconsolado de las plantas con las tetas castradas. Me aturde el gemido de los cedros sentenciados a muerte. En el fondo del precipicio el incienso lamenta su futuro de humo.

Puedo sentir florecer a la nada en la cuenta moribunda de la savia. Hay quebranto en los nidos de pájaros despedazados. Todos los latidos se cierran cada vez más.

Hay raíces descuajadas y el viento fue obligado a repartir certificados de defunción anticipados para el yaguareté y el loro barranquero. Los pájaros carpinteros están perdidos y el canto hambriento de sus crías le les taladra los ojos. En vísperas del desborde de la primavera quedaron sin trabajo, porque cuando menguó la luna fueron borrados de golpe demasiados árboles de la faz de la tierra.

Hay lapachos viudos por todas partes. La matriz del guatambú fue despedazada y sus restos arrojados al fuego. Los duendes que fabricaban el perfume de las orquídeas yacen decapitados entre las cenizas del tacuaral. Las últimas araucarias quedaron afónicas por gritar hasta el cansancio, que a paso redoblado avanzaba un ejercito inmenso para dar un golpe de estado en la selva misionera. Los agresores vienen de otras tierras, corresponden a otra geografía, tienen un idioma distinto. Son criaturas del frío, todas iguales, monótonas, con miles de espinas y ninguna flor. No tienen capacidad de dar a luz ni un fruto azucarado. El invasor, el elliotti, mete las garras hasta el fondo de la garganta de las vertientes y le arranca los ovarios a las artesanas de las aguas.

Corren peligro de desintegración el rocío y el almanaque loco de la lluvia. El Paraná fue atrapado y torturado en Itaipú y asesinado en Yacyretá. Los arroyos con tierra colorada huelen a sangre coagulada, a dolor infinito, están pudriéndome el alma, vaciándome el rastro colorado, desfigurándome el idioma. Esta noche destartalada quiero treparme a la luna nueva para que nadie escuche mi llanto. Mi extinción. En la profundidad de un mediodía oscuro estoy desesperado.

Este es mi lamento montaraz. No quiero quedarme solo como Dios, que ya no habla con nadie porque ya nadie entiende su lenguaje.

Se debe poner límite a tanto atropello. Y para salvarse hay que armarse hasta los dientes con semillas de árboles sentenciados, poner a resguardo los nidos que se puedan, esconder el semen de los animales, abrigar a las mariposas, salvar a la abeja reina.

Con todo esto uno mismo tiene que hundirse de cabeza en el suelo, enterrarse hasta germinar un árbol invisible, una risa permanente, un grito inquebrantable.

Sólo así seguiremos vivos. Sólo así seguiremos cantando. Y se levantará el cedro, se levantará el timbó, se levantará la flor del lapacho, se levantará la araucaria y la vida.

Y mi bandera será entonces y para siempre mi rastro colorado.

 

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